Manifiesto fou (estoy lírica)
Tengo razones para indignarme. Me explico: no creo en los dirigentes actuales, sean políticos o medios de comunicación. Me solivianta su desprecio por la cultura y por las personas, su apuesta infame por la amnesia general y la competitividad de todos contra todos. Vivimos bajo unas condiciones de intercomunicación como nunca antes se habían producido y, sin embargo, en este mundo hay cosas insoportables. La peor de todas, la indiferencia. Ante el abuso, ante la violencia, ante la tragedia humana. He llegado a un punto en el que no me resulta extraño que una persona muera de hambre, de sed, de enfermedades curables, de frío o de calor, de soledad, privada de libertad o masacrada como una plaga, a discreción, sin nombre propio. Como ser humano, como individuo, soy responsable. Es el momento de ocuparme de la ética, del amor, la justicia, la libertad y la paz. De ese modo, lejos de exasperarme, me cultivaré en la esperanza. Aunque comprendo la violencia, no la excuso, porque considero que es un fracaso. De violencia supe mucho, todavía subsiste en mí, a pesar de que vivo un proceso de descontaminación, procurando desmontar los mecanismos automáticos del miedo y la furia. Como Marco Aurelio, busco evitar mi propia maldad, algo posible, y me despreocupo de la maldad ajena, algo del todo imposible de controlar. Mi futuro, por tanto, pasa por la paz. Por eso lanzo un mensaje de libertad y compromiso para que todo lo deseable sea posible.
Para llevar a término mi cometido tengo muchas opciones. Podría, por ejemplo, actuar al estilo nipón. En cierto modo soy un poco japonesa, no sólo por la estatura y el color de mi cabello, sino porque desde menuda practico la máxima del ánimo y el esfuerzo, sin rendirme ante la adversidad, ya que el fracaso me resulta más costoso. Tal vez podría no airear las penas en público y ponerme una máscara social, mientras vivo internamente la sinceridad de mis sentimientos. Como buena japo, podría pertenecer a un círculo social cerrado, bien como una vulgar yakuza o por el simple hecho de pertenecer a una familia común, ese monstruo cuya función más inocua en esta cultura consistiría en arreglarme un matrimonio de conveniencia. Y sería capaz, supongo, de sujetarme a una férrea educación rayana en el modelo carcelario, que sin duda impediría que me saltase una cola así se cayera el cielo o que practicase el pillaje en un súper aunque me crujieran las tripas de gusa. Podría inocularme el código de los antiguos samuráis y no querer ser dios, sino sólo que se me respetase en mi barrio y en mi empresa, aunque me expusiera a reventar por exceso de trabajo. Y si sobreviviera a la extenuación laboral diaria, siempre podría disfrutar del karaoke, las tragaperras y los videojuegos el resto de mi tiempo.
Podría ser fiel a la urbanidad y a la cortesía, conviviendo hacinada en urnas diminutas; nada muy lejano, por otro lado, a mi infancia madrileña en la que o nos organizábamos a la mode de chez nous o era imposible no estrangular a un hermano. Podría tragar mis opiniones hasta intentar resolver la situación o sopesar el contexto y su impacto en los sentimientos del prójimo. Y, por supuesto, sería capaz de adoctrinarme en perfeccionar los gestos y la entonación para no ofrecer nunca una afirmación o una negación rotunda, evitando así las fricciones de la vida cotidiana.
Igualmente y sin que supusiera esfuerzo, podría calzarme un quimono, momificarme como una gueisa, practicar taichí y refugiarme en el arreglo floral que postula el ikebana. Y quién sabe si armarme de pincel y tinta para escribir en kanji con cuidada caligrafía, componer haikus o bien a iniciarme en los misterios del teatro kabuki. Sería receptiva a volar cometas, plegar papel según las enseñanzas del origami y obsequiar a mis invitados con la ceremonia del té. En fin, sería capaz de ejercer todos los preceptos zen: el respeto a la intimidad, el orden y la disciplina, hablar sin alzar la voz, practicar el civismo y el culto supremo al bien común, sonreír y ser amable con los demás. Y de nuevo en un bucle continuo, tornar y ajustarme a los férreos postulados giri: el honor, la obligación y el deber; tal vez adorar el manga y entregarme a profusas aberraciones sexuales con igual pasión que cultivar durante treinta años un bonsái para luego regalárselo a un completo extraño o contemplar sin pestañear un riachuelo bajo la indescriptible floración de los cerezos.
Podría, pero no voy a hacerlo. En su lugar, voy a optar por declararme a la vez insumisa, insurrecta y resistente, y ponerme en marcha a toda vela creando, no destruyendo. Para completar mi periplo descontaminante y, a pesar de las tres plagas (terremoto, tsunami y amenaza nuclear), me voy a recorrer las antípodas en autocaravana. Las cargue o no el diablo. Igual me da estar a merced de tornados, la lluvia y el fango, las fastidiosas duchas, el acecho de los mosquitos y la incomodidad de tener que poner la casa rodante patas arriba cada vez que quiera hacer algo diferente a conducirla.
Este será el primer paso; el segundo, encontrar el equilibrio. Para actuar, buscaré la lucidez. Para conseguirla, precisaré serenidad. Para llegar a serenarme, me cobijaré en el silencio y la contemplación. Me abandonaré a la Naturaleza con la esperanza de que el planeta detenga su vorágine, su incesante curso para aprehender la quietud del eje. Adoptaré el éxtasis de la observación cotidiana de un niño, absorberé su fascinante y contagiosa sonrisa que me devolverá de la escuela al hogar. Escucharé la música esencial, el preludio intuitivo, la sinfonía plena y desapegada, la sintonía inaudita entre el abandono y el encuentro. Bailaré la danza primitiva del abandono etéreo para obtener la dulce fusión atmosférica. Rescatada del olvido, mis labios sólo exhalarán la poesía de la aldea, desnuda de presencias, ahíta de conciencias. Sentiré la conexión profunda con la templanza de los humildes, la plenitud de la mirada impregnada de belleza del salvaje en su recreación del mundo.
En el sosiego, no habrá intermediarios, porque dios murió en los corazones y en los libros, al mesías ni está ni se le espera, no existirá iglesia, templo, sacerdotes, ni oraciones que valgan. Sólo yo, indignada, reclamando, no pidiendo, mis derechos; apropiándome de una nueva libertad, largamente evocada y, por fin, reconciliada que reflejaré feliz como un espejo límpido. Sin retorno al recuerdo, sólo memoria comprendida.
En la soledad, la confianza. Con un resorte de agudeza, con una percepción atenta y una inspiración infinita, perduraré con lo que traigo puesto en el paisaje de la emoción, sin gota de tristeza; desembocaré en un acuerdo, en un acercamiento a la piel del otro. Y, por fin, trasplantada fuera del tiempo y el espacio, sucederá la paz eterna, el desprendimiento.




